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Las soplonas January 5, 2003

Posted by Montse in : Derechos civiles , comments closed

La revista Time publica todos los años por estas
fechas un número especial en el que elige al personaje del año, que
sale en portada y, de ese modo, entra en la historia contemporánea por
la puerta grande.

Este año hay tres personajes del año. Son unas mujeres de aspecto
normal y diferentes entre sí. Una es una mujer con aspecto de chapona,
mal vestida y peor peinada. Otra es una mujer “grande” por utilizar un
calificativo cariñoso y la tercera es una estilizada, elegante y
silenciosa anlosajona. Son las soplonas. Son las tres mujeres que
devolvieron a la sociedad americana la confianza en sí mismos.

La chapona es Coleen Rowley, agente del FBI, que escribió un
memorandum de 13 páginas en el que destripaba la absurda
autocomplacencia y pasividad del FBI para investigar a uno de los
terroristas implicados en el 11-S. Cuando su memorandum salió a la luz
y testificó ante el Congreso, agentes jubilados del FBI la acusaron
públicamente de ser una traidora, algunos incluso quisieron urdir una
falsa trama criminal para implicarla. Sus jefes ignoraron sus
planteamientos.

La gordita es Sherron Watkins. Era vicepresidente de Enron cuando se
dio cuenta de que las cuentas de su empresa eran un puro ejercicio de
retórica e imaginación. Con la complicidad de la auditora Arthur
Andersen, Enron era un gigante con pies de barro, un castillo de naipes
apoyado en la nada. Cuando intentó aclarar los temas con su jefe le
quitaron el despacho, la metieron en un cuartucho y la tuvieron meses
haciendo nada.

Cynthia Cooper era la encargada del departamento de auditoría de
World Com cuando decidió informar al Consejo de Administración de que
la empresa había ocultado pérdidas por valor de 3.800 millones de
dólares, que luego se demostró eran más. En su caso las consecuencias
no fueron castigos personales sino ver como ante sus ojos se
desmoronaba la empresa en la que trabajaba y cómo sus ingresos, los
únicos en un hogar con dos hijos, se ponían en peligro.

Según la revista, “fueron personas que hicieron lo correcto
simplemente haciendo correctamente su trabajo -lo cual significa
hacerlo con ferocidad, con los ojos abiertos y con la bravura que el
resto de nosotros siempre esperamos tener y quizá nunca sabremos si
poseemos”.

Lo cierto es que sentí una sana envidia, como de costumbre, al ver
que los medios de comunicación americanos y su sociedad son capaces de
darse cuenta de quiénes son los verdaderos héroes del no silencio.

Incomprensiblemente, ante la catástrofe del Prestige, el partido
gobernante, el gobierno, la Xunta, todas las instancias de poder
popular se han comportado como la clásica avestruz: metiendo la cabeza
bajo tierra con la esperanza de que escampe. Cuando alguien exige que
se aclare quién tomó las decisiones, con qué informes, con qué
criterios; surge una marea de periodistas y políticos protestando por
la falta de lealtad de la oposición y los medios de comunicación, como
si gobernar fuera una especie de oficio divino adornado por la
infalibilidad. Se niegan a admitir ningún fallo, a admitir ningún error
con lo cual una imagina que en la misma situación volverían a hacer lo
mismo.

Ha habido incluso quien se ha atrevido a mencionar el ejemplo de los
EEUU, alabando la unidad del pueblo americano tras el 11-S, como si
unidad fuera sinónimo de estupidez y ceguera, como si unidad fuera
negar la realidad: ya sabemos que el FBI no tuvo la culpa de la caída
de las Torres Gemelas, pero si pudo hacer más debe saberse; eso es
auténtico patriotismo. Ya sabemos que el Gobierno no puede impedir que
los petroleros tengan accidentes, pero si se gestionó mal un accidente
y se causó más daño por culpa de nuestros gobernantes, debe saberse;
eso es auténtico patriotismo. No se entiende, si esto es efectivamente
una democracia y un país occidental, que los empleados públicos se
nieguen a dar explicaciones a los ciudadanos y rehusen el control de
las cámaras legislativas y prefieran las cámaras de las televisiones
amigas. Ni un debate ha habido.

Tristemente en todas partes hay quien confunde lealtad con silencio
cómplice. Lo realmente desesperante es cuando eso se instala en la
sociedad. De modo que, por lo menos por mi parte, vaya mi admiración a
las tres heroinas de Time y a los héroes del no silencio en Galicia:
patrones de cofradías, juez y fiscal de Corcubión, práctico del puerto
de A Coruña retirado, periodistas de Tele Cinco y La Voz de Galicia,
científicos del Instituto Oceanográfico y de Investigaciones Marinas y
todos aquellos que no callan, que hacen su trabajo rectamente y que
piensan contar la verdad, para que sepamos de una vez quién ha tenido
responsabilidades en esta marea de fuel y de confusión interesada.