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Un amigo se ha ido al Cielo

D. Jesús Urteaga

D. Jesús Urteaga

Se ha muerto D. Jesús Urteaga. Trabajé con él en Mundo Cristiano durante tres años y me lo pasé con él en grande, además de aprender mucho de su bondad y experiencia profesional. Yo creo que se ha ido al Cielo, porque se había entregado a Dios desde su juventud y afirmaba “si la vida de un cristiano no termina en santidad, ha fracasado”. Así lo decía en una entrevista cuando tenía 81 años:

–¿En qué momento pronunció un «sí» para toda la vida?

–Urteaga: Con motivo del entonces Examen de Estado con el que se terminaba el bachillerato en mi país, tuve que ir a examinarme de San Sebastián a Valladolid. Lo que llamamos casualidad es providencia. Lo digo porque a alguien se le ocurrió preguntarnos a Ignacio Echeverría –ahora sacerdote en Argentina– y a mí, si queríamos conocer al autor de «Camino» que se encontraba dando un retiro para universitarios en el Colegio donde nos alojábamos. La respuesta fue un «sí» de órdago a lo grande.

Su libro lo habíamos leído y releído. «Camino» sí que está lleno de síes generosos, eficaces, apostólicos; mucho amor a Dios y mucho servicio a quienes nos rodean.

Acudimos a saludar al que hoy es Santo, proclamado así por el Papa Juan Pablo II para la Iglesia universal: San Josemaría Escrivá. Recuerdo que apenas abrimos la boca; todo lo decía él. Nos habló de santidad en el estudio, de apostolado con los amigos, de servicio generoso al Señor en las circunstancias corrientes de cada día.

En algunas ocasiones, posteriormente, el Fundador del Opus Dei dijo que el tal Ignacio Echeverría, que te he mencionado, y yo, fuimos los dos últimos jóvenes a quienes habló directamente para que nos entregáramos a Dios en el Opus Dei.

Al terminar el Examen de Estado, regresamos a San Sebastián muy contentos, también por finalizar con muy buenas calificaciones. Alegría que se extendió a todos los componentes del curso.

Poco después, un amigo donostiarra, que era del Opus Dei, conociendo lo que había dicho san Josemaría de nuestro encuentro en la ciudad vallisoletana, nos volvió a hablar –primero a Ignacio y después a mí– más detalladamente sobre el Opus Dei, al tiempo que nos estimulaba a que nos entregáramos del todo al Señor en la Obra.

Y dije «sí» para toda la vida. A mí me habló en concreto de entrega completa. Me acuerdo perfectamente el recorrido que hicimos: lo que siempre en San Sebastián llamamos la «vuelta a los puentes»: el de la Estación del Norte y el de Hierro. Y yo, que nunca me había planteado el vivir entregado del todo al Señor, ya que por entonces eran las chicas las que ocupaban con preferencia mi fantasía, me encontré en la tesitura de tener que elegir una nueva vida –dentro del trabajo ordinario–, pero vida de entrega a Dios y a las almas.

En 1992, cuando se celebró la beatificación de San Josemaría, al día siguiente se celebró una Misa en acción de gracias en la Plaza de San Pedro, celebrada por D. Álvaro del Portillo, en aquel momento, prelado del Opus Dei. Yo quería sentarme entre los invitados que estaban sobre la escalinata, al lado del altar. No me dejaban pasar a esa zona, cerrada con vallas. D. Jesús estaba dentro de la zona vallada, con un roquete, puesto que iba a ayudar en la Santa Misa que se iba a celebrar. Me vio, se acercó y me dijo: “¿Pero qué haces ahí fuera? Ven adentro.” Miró al policía -que al ver a un sacerdote revestido salir de la Basílica dudaba ya de su negativa- me puso la mano en el hombro, el policía retiró la valla y pasé a la zona de los invitados. “Hala, vete a hacer fotografías“, y se fue.

D. Jesús, cuando me toque pasar la valla definitiva no se olvide de estar por allí, con o sin roquete. Écheme una mano al hombro y ayúdeme a cruzar adentro, donde los invitados. Hasta siempre.

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