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Walter Benjamin en Portbou

Benjamin se suicidó nada más llegar a Cataluña en 1940. No porque lo que vio allí le llevara a solución tan drástica sino porque, cansado de huir de los nazis y presintiendo que su visado iba a suponer la expulsión a la Francia de Vichy, no se sintió con fuerzas para acabar en manos de la Gestapo.

Benjamin era judío, ligado a la Escuela de Frankfurt. Hacía años que colaboraba con esa escuela marxista pero de manera informal. Otros miembros de esa escuela terminaron en Nueva York, como Horkheimer y Adorno, trabajando codo a codo con otro judío nada marxista, Lazarsfeld.

Pero vayamos a Benjamin.

Hace años, en una entrada de este blog, escribía sobre la “pureza” de la izquierda, que se siente justificada en todo lo que hace porque funciona como un mesianismo inmanente. En ese apunte hacía referencia a los papeles que encontraron tras la muerte de Walter Benjamin tras su muerte. Son escritos sueltos que se publicaron póstumamente.

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso!”.

Walter Benjamin. Tesis de filosofía de la historia.

 

Se me ocurría que Benjamin se refería a la izquierda pero bien se podría referir a todo movimiento político, como el nacionalismo extremo, que promete los “paraisos catalans”, en feliz expresión de Rubén Amón. Y para ello no le importa ocasionar la ruina, la catástrofe y despedazar a su paso, porque una fuerza irresistible le arrastra. Hoy pienso que hay masas que han perdido el sentido de lo coyuntural y mezquino que habita en la política y sienten que un paraíso en la tierra bien merece arrasar con todo. Y también pienso que esa locura colectiva nos va a costar muy cara a quienes observamos estupefactos lo irracional del proceso.

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