Las soplonasAllá por 2001 y 2002 nuestra civilización recibió uno de los cíclicos varapalos que las élites incompetentes están acostumbradas a inflingir a los pueblos. Hubo un ataque terrorista (el 11-S), una crisis de modelo de negocio (el estallido de la burbuja puntocom), una crisis de confianza (WorldCom y Enron). La revista Time dedicó su «Persona del año» a tres mujeres a las que bautizó como las soplonas, por alertar a la sociedad sobre lo que había pasado para que esos tres desastres hubieran ocurrido.

En aquel momento, escribí sobre el tema, la valentía de esas tres mujeres en medio de la corrupción o la negligencia en relación con el Prestige. En las manifestaciones contra el Prestige se coreaba: «¡Nunca mais!» e «¡Incompetencia!». Yo fui a aquellas manifestaciones. Nos sentíamos abandonados por el Estado.

Así que escribí en 2002 lo que sigue:

Según la revista, “fueron personas que hicieron lo correcto simplemente haciendo correctamente su trabajo -lo cual significa hacerlo con ferocidad, con los ojos abiertos y con la bravura que el resto de nosotros siempre esperamos tener y quizá nunca sabremos si poseemos”.

Lo cierto es que sentí una sana envidia, como de costumbre, al ver que los medios de comunicación americanos y su sociedad son capaces de darse cuenta de quiénes son los verdaderos héroes del no silencio.

Más tarde, cuando el terrorismo islamista golpeaba España, en las manifestaciones contra el 11-M se coreaba un lema: «¡Queremos saber!«. No han pasado 20 años y esto parece que ha sido hace un siglo.

No, no, no queremos saber nada. Viva la fatalidad, vivamos como si no hubiera habido una pandemia. Pasa página, nueva normalidad, no busques culpables, qué horror. Ponte la mascarilla y calla la boca.

Cuando fueron ciegos

Al principio del mes de mayo, Carlos Alsina hizo un documental radiofónico en tres capítulos sobre los 80 días previos a la declaración del estado de alarma. Se llamaba «Cuando fuimos ciegos«. Es de lo mejor que se ha hecho en periodismo en España durante la pandemia. Solamente tengo un «pero». A mí, eso de usar el nosotros con lo que es responsabilidad de unas personas con nombres y apellidos me parece muy delicado pero muy confuso. Yo no estaba en el Ministerio de Fomento con el Prestige ni en el de Interior con el 11-M ni en esta ocasión en el de Sanidad con la covid-19. No, no fuimos ciegos. Hubo unos ciegos que, además, decían que veían y, por eso, permanecen en su ceguera.

Para mí hay un patrón de gestión en el Prestige y la covid. Evidentemente la gravedad de la incompetencia con la covid es incomparablemente mayor, ha causado decenas de miles de muertes con gran sufrimiento y angustia, miles de personas que han muerto solas y han sido enterradas solas; decenas de miles de personas con secuelas físicas y psíquicas de la enfermedad, decenas de miles de sanitarios agotados y desmotivados para una segunda ola, un desastre económico que ha llevado y llevará a la bancarrota a cientos de miles de personas, millones de niños y jóvenes con la educación truncada. Pero el paralelismo entre una crisis y otra es la que escribí en 2002 para describir la del Prestige:

Incomprensiblemente, ante la catástrofe del Prestige, el partido gobernante, el gobierno, la Xunta, todas las instancias de poder popular se han comportado como la clásica avestruz: metiendo la cabeza bajo tierra con la esperanza de que escampe. Cuando alguien exige que se aclare quién tomó las decisiones, con qué informes, con qué criterios; surge una marea de periodistas y políticos protestando por la falta de lealtad de la oposición y los medios de comunicación, como si gobernar fuera una especie de oficio divino adornado por la infalibilidad. Se niegan a admitir ningún fallo, a admitir ningún error con lo cual una imagina que en la misma situación volverían a hacer lo mismo.

Efectivamente. Hace unos días, Salvador Illa, ministro de Sanidad, dijo lo siguiente: «No me arrepiento de nada, hicimos lo que tuvimos que hacer».

En la misma entrevista, en la que participaba Fernando Simón, otras palabras me resultaron muy significativas: «Si podemos identificar el origen de todos los casos, podemos asegurar que cualquier rebrote será limitado y controlado. Si no, significará que no sabemos de dónde viene la transmisión y que se nos está yendo de las manos. Todavía tenemos varias semanas para lograrlo«, subraya Simón. Eso lo dijo el 10 de junio, pensando que España se abriría al turismo internacional el 1 de julio. No sabía que en 10 días España estaría totalmente abierta, el presidente ha decidido adelantar al 21 de junio la apertura. Pero Simón calla, no hace su trabajo ni con ferocidad, ni con los ojos abiertos ni con bravura. Lo hace mansamente, arrullado por los halagos de la opinión publicada y por los halagos que le dedica de vez en cuando Sánchez. Al fin y al cabo, es su parapeto voluntario. No será el soplón, prefiere traicionar a la sociedad española. Esto escribí en 2002 sobre el Prestige:

Ha habido incluso quien se ha atrevido a mencionar el ejemplo de los EEUU, alabando la unidad del pueblo americano tras el 11-S, como si unidad fuera sinónimo de estupidez y ceguera, como si unidad fuera negar la realidad: ya sabemos que el FBI no tuvo la culpa de la caída de las Torres Gemelas, pero si pudo hacer más debe saberse; eso es auténtico patriotismo. Ya sabemos que el Gobierno no puede impedir que los petroleros tengan accidentes, pero si se gestionó mal un accidente y se causó más daño por culpa de nuestros gobernantes, debe saberse; eso es auténtico patriotismo. No se entiende, si esto es efectivamente una democracia y un país occidental, que los empleados públicos se nieguen a dar explicaciones a los ciudadanos y rehusen el control de las cámaras legislativas y prefieran las cámaras de las televisiones amigas. Ni un debate ha habido.

Cuando te hacen ciego

En lo que no hay ningún paralelismo es entre la intensidad gráfica y de personajes en el Prestige y la ausencia de imágenes y personajes en la covid. Los primeros 15 días de la crisis del pecio, el seguimiento era en los medios locales, el salto a la opinión pública española fue tras la gran manifestación que hubo el 1 de diciembre en Santiago de Compostela. TeleCinco (Angels Barceló) y la Cadena Ser se volcaron con Galicia. Las imágenes televisivas y los reporteros gráficos de los medios se esmeraron en proporcionar los impactos más humanos, al mostrar la impotencia, el cansancio, la desesperación. Rostros de hombres, mujeres, ancianos luchando contra el chapapote. No hemos visto esa batalla contra la covid en las televisiones ni en los periódicos. No ha sido casualidad, ha sido absolutamente diseñado. Cito:

“Lo más relevante ha sido aquello que no nos han dejado fotografiar, y esto va a ser una carencia de la historia de esta época. No hemos podido entrar en la residencias, no hemos podido entrar en los hospitales cuando eran los focos informativos. Si muere gente hay que contarlo, si la gente se recupera y está mejor, hay que contarlo. Somos una sociedad preparada para eso, no hay que jugar con falsos paternalismos, se trata de contar lo que ocurre. No estamos para entretener, la información a veces es dura, lo que pasa no siempre es amable y bonito, informar es contar lo que está ocurriendo”.

(…)

“Cuando tenemos una emergencia sanitaria con cuarenta mil muertos y no tenemos fotos de ataúdes o de muertos o de familiares, ni hospitales o el acceso ha sido en plan photocall, pues creo que ha sido una cobertura engañosa y descafeinada».

(…)

“Las autoridades públicas de este país, nacionales, autonómicas y locales, han intentado por todos los medios que la cobertura de la pandemia no se pudiera llevar a cabo en las zonas sensibles donde se ha producido la letalidad que son los hospitales, las residencias y en los tanatorios. Han prohibido expresamente poder entrar en hospitales y en residencias. Eso es una violación clara de la libertad de prensa y de la importancia de la memoria de una pandemia, la parte documental para la sociedad”.

(…)

“En un contexto donde no están habiendo muertos publicar la foto de uno, no tiene justificación. Pero esos días en España era el país con la tasa de mortalidad respecto a su población más alta de todo el mundo. La foto pertenece a un reportaje acompañando a una unidad del SAMU, lo primero que me impactó es la naturalidad con la que vivieron la muerte. En la anterior guardia de este equipo se habían encontrado cinco muertos. Yo le enseñé la foto a la doctora y le avisé de que iba a tener mucha repercusión, ella me dijo, esto es lo que hay”.

(…)

«Pese a todo los fotógrafos y periodistas hemos podido hacer mucho pero al margen de la administración. Estamos hablando del PSOE y Podemos en el Gobierno, del PP en Madrid, del PSOE en Aragón, del PNV en País Vasco.. todos han intentado infantilizar a la opinión pública española”.

Fruto de esta ceguera impuesta a la sociedad es la falta de responsabilidad que se observa en la sociedad española en comparación con otras naciones. Un niño que vive al margen de la realidad no es consciente del peligro que corre. Vive arrullado por sus nanas y la protección de los adultos, que son quienes deciden. Él sólo tiene que salir o entrar en el confinamiento cuando se lo mandan los adultos. Sigo citando:

«No se han hecho bien las cosas, sin imágenes que hablen de la tragedia tenemos una sociedad mal informada y esto tiene consecuencias como que haya gente que no se lo crea, que haya gente que ignore las medidas de distancia de seguridad y que haya gente que anteponga manifestarse, por la razón que sea, a la seguridad de todos. Con una buena cobertura con impacto, cuando es necesario, se hubiera cambiado la historia, porque es lo que hacemos en el resto del mundo”.

¿Por qué en España no hay campañas de comunicación pública sobre la covid igual que las hay sobre el tabaco, las drogas o los accidentes de tráfico, con esas imágenes impactantes, esas historias sobrecogedoras de familias rotas?

“Cuando entras en la UCI y ves cómo están los tipos ahogándose en sí mismos.. [se hace un silencio] Ahora hay gente que me pide enfoques positivos del covid, ¿pero dónde han estado los negativos?».

En la realidad hay personas, pero los relatos crean personajes. La historia del Prestige tenía personas reales como patrones de barcos, marisqueras, cofradías de pescadores, un loco alemán que vivía en A Costa da Morte… personas reales que fueron relatadas hasta convertirse en personajes que evocan estereotipos de sufrimiento, impotencia, derrota, victoria o tesón. No han tenido esa suerte ni los sanitarios, ni los parientes ni los enfermos de la covid. ¿Por qué no recordamos casos reales de historias reales con personajes? En la medianoche del 26 de mayo, el programa Crónicas de TVE emitió su homenaje a las víctimas.

No tengo ni idea de qué se mueve entre la opinión pública. Reitero lo que dije en 2002.

Tristemente en todas partes hay quien confunde lealtad con silencio cómplice. Lo realmente desesperante es cuando eso se instala en la sociedad.