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La hora de los diarios en los tiempos de Twitter

Hay que recuperar el hábito de leer el diario, dije hace unos meses, es uno de los retos que tiene el periodismo. Igual que la radio y la televisión todavía conservan a la mayoría de su audiencia escuchando o viendo su contenido simultáneamente, el diario debe intentar crear el hábito de la lectura con una hora determinada de publicación. La expectación ante lo nuevo es parte de la fuerza de ese impulso por comprar el periódico.

A las nueve, cuando aparecían La Correspondencia y los demás periódicos de la noche, aumentaba el bullicio. 

Esto leía hace unos días en Fortunata y Jacinta y el periodista Galdós, pensé, nos estaba dando una pista enorme sobre la hora de los diarios y la repercusión en redes sociales. Galdós hablaba del ambiente de los cafés madrileños: el diario debe salir en la hora en que los cafés de nuestra época están ansiosos de noticias y ansiosos de comentarlas, puesto que de nada sirve saber algo si no se puede comentar, somos ultrasociales.

 

Sé que en El Español estuvieron – no sé si siguen- con el debate de a qué hora sacar la edición del periódico. Les di mi opinión, a las 21:30. Me pasé en media hora con lo que hacían en el siglo XIX.

Parece una rutina heredada del papel retrasar la salida del diario a las 12 de la noche o más tarde, como hacen las cabeceras tradicionales. No hay ninguna necesidad de esperar a que las radios terminen sus programas de debate político, las televisiones rematen su prime time y medio país esté durmiendo para sacar el diario. Sería como si La Correspondencia esperara a que los cafés estuvieran vacíos para salir a la calle.

Twitter es un medioambiente estupendo para el periodismo, porque las personas que lo habitan, que lo frecuentan tienen las características de los asiduos a los cafés. No pienso argumentar esto, simplemente os dejo otro párrafo de Fortunata y Jacinta. Galdós, de nuevo, nos explica Twitter:

En un café se oyen las cosas más necias y también las más sublimes. Hay quien ha aprendido todo lo que sabe de filosofía en la mesa de un café, de lo que se deduce que hay quien en la misma mesa pone cátedra amena de los sistemas filosóficos. Hay notabilidades de la tribuna o de la prensa, que han aprendido en los cafés todo lo que saben. Hombres de poderosa asimilación ostentan cierto caudal de conocimientos, sin haber abierto un libro, y es que se han apropiado ideas vertidas en esos círculos nocturnos por los estudiosos que se permiten una hora de esparcimiento en tertulias tan amenas y fraternales. También van sabios a los cafés; también se oyen allí observaciones elocuentes y llenas de sustancia, exposiciones sintéticas de profundas doctrinas. No es todo frivolidad, anécdotas callejeras y mentiras. El café es como una gran feria en la cual se cambian infinitos productos del pensamiento humano. Claro que dominan las baratijas; pero entre ellas corren, a veces sin que se las vea, joyas de inestimable precio. 

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