Hace ya unos años, Jack Dorsey -cofundador de Twitter y CEO actual- dijo que él y su empresa se inclinaban a posiciones de izquierdas y que existía un sesgo en sus empleados a favor de la izquierda. Pero, decía que no aplicaban su sesgo a su trabajo y punto: actuamos sobre comportamientos, no sobre contenido, explicó.

«But the real question behind the question is, are we doing something according to political ideology or viewpoints? And we are not. Period,» he added.

Sobre el papel queda bonito pero detrás de esa afirmación hay una tremenda confusión. En Twitter, igual que en cualquier plataforma de Internet, el contenido es el comportamiento. Siempre me ha llamado la atención que si quieres denunciar un contenido falso en Twitter no existe esa categoría, la mentira no es un comportamiento denunciable en Twitter porque sus presupuestos son el relativismo más absoluto.

Las razones para cerrar la cuenta de Trump, según la tecnológica, han sido por llamar patriotas a los que entraron en el Congreso a la fuerza y anunciar que no iría a la toma de posesión de Biden. Lo que Dorsey dijo en 2018 claramente no se ha aplicado en el caso de Trump. El comportamiento de Trump venía siendo el mismo desde hacía años y en sentido estricto lo que Trump decía en ese tuit eran una opinión y una información. Si Twitter fuera realmente neutral ante los contenidos, Trump debería seguir con su cuenta.

La lógica económica de las plataformas se ha convertido en algo patológico por su “indiferencia radical” (Zuboff S., 2019) ante los contenidos. Zuboff se alegraba de la suspensión de la cuenta en Twitter de Trump pero lamentaba que no se hubiera hecho antes.

El cierre de la cuenta de Trump, como han recordado muchas personas, contrasta con la permisividad de Twitter con las cuentas de dictadores que amenazan a disidentes a través de esa red o niegan las condiciones de falta de libertad o pobreza de sus pueblos. Esto tiene también que ver con esa miopía tan useña de ver las revoluciones en otros países con la condescendencia de quien ve una película en la tele: una bonita historia que no les afecta.

Por lo tanto, Twitter ha cambiado sus condiciones de servicio y lo ha hecho sólo con un usuario, es decir, ha empezado a filtrar contenidos, no comportamientos, y lo ha hecho de manera selectiva, mejor, arbitraria.

Bienvenidos al mundo real

¿Por qué no lo habían hecho hasta ahora? Porque económicamente Trump era un activo de lujo, creaba contenido que provocaba un engagement de millones de dólares todos los días varias veces al día. El asalto al Congreso -un Congreso que lleva meses investigando las plataformas tecnológicas- ha hecho llegar a todos los hogares, sean o no usuarios de Twitter y Facebook, los efectos de esa «indiferencia radical» a los contenidos. Si en el documental «El dilema de las redes» se anunciaba la posibilidad de un enfrentamiento civil, ahí lo tienes, en tu televisor.

Como reacción al cierre de la cuenta de Trump en Twitter, se ha reanudado la apuesta de usuarios de derechas (en España, usuarios de Vox) por migrar a Parler, una plataforma de microblogging similar a Twitter.

Ayer me enteré de que Rebekah Mercer es una de las cofundadoras de la plataforma Parler. ¿Quién es Rebekah Mercer y quién es su padre? Me remito al libro Comunicación efímera:

«Cambridge Analytica fue creada en 2013 desde su empresa matriz SCL Group para participar en la política americana. En 2014 participó en 44 elecciones en EEUU. La empresa estaba financiada por Robert Mercer, un billonario científico informático. Mercer apoyó a Ted Cruz e hizo la mayor donación individual en la campaña de 2016: 11 millones de dólares. Steve Bannon, el que fue jefe de estrategia de la Casa Blanca con Trump, era miembro de su consejo de administración» (p. 117).

«Cuando Ted Cruz no siguió adelante como candidato a la presidencia, Robert Mercer, entonces dueño de Cambridge Analytica, pasó a apoyar la candidatura de Trump y Rebekah Mercer, su hija, fue miembro del equipo de transición de Trump» (p. 119).

Es decir, estamos ante un embrión de una nueva plataforma, en este caso de derechas de manera clara. Quizá no vaya adelante el embrión pero el episodio de Trump y Twitter ha dejado claro que la presumida neutralidad de Twitter es falsa. Y la de Parler ni siquiera se presume. El gran avance del siglo XXI ha sido volver a los panfletos.

Si algo me ha quedado claro después de años estudiando la línea fronteriza entre tecnología, periodismo, política y plataformas es que estamos ante una batalla básicamente por el poder económico y político. Dicho con palabras de alguien con más prestigio que yo: “La tecnología está en el corazón de una reorientación del poder y el conocimiento, en el que los participantes y nuevos jugadores buscan redefinir y reinterpretar el significado del periodismo» (Tsui, 2009, p. 55) y, añado, de la democracia misma.

Libros citados:

Doval-Avendaño, M. (2018) Comunicación efímera: De la cultura de la huella a la cultura del impacto.

Tsui, L. (2009). Rethinking Journalism Through Technology. En B. Zelizer, The changing faces of journalism: Tabloidization, technology and truthiness (págs. 53-55). Nueva York: Routledge.

Zuboff. (2019). The age of surveillance capitalism. Londres: Public Affairs.